Por Joan Torres Deja un comentario Actualizado a junio 18, 2026

Este agosto (2026) se cumplirán cinco años desde que me convertí en padre.
Durante todo este tiempo, mi vida ha cambiado obviamente.
Ya no tengo la libertad de hacer viajes largos por mi cuenta, pero sigo teniendo el privilegio de poder viajar y vivir de los viajes y, lo más importante, de haber conseguido que viajar forme parte de la vida de James.
Con solo cinco años, ya le he llevado a 25 países.
Como seguramente sabrás, nunca me ha gustado especialmente contar países (ni siquiera comparto públicamente cuántos he visitado yo mismo) así que este artículo no trata sobre cifras.
Es una reflexión sobre la experiencia de criar a un niño con una curiosidad genuina por el mundo y sobre las lecciones que viajar juntos me ha enseñado durante estos últimos cinco años.
Desde escapadas de fin de semana por Europa hasta aventuras de varios meses por Latinoamérica, puedo genuinamente afirmar que viajar con tu hijo es una de las mejores cosas del mundo.
2026 también marca el quinto aniversario de la creación de ATC Expeditions. Aquí es cómo empezó todo.

Es demasiado pequeño para ese viaje.
¿Por qué no esperáis unos años para que pueda recordarlo?
Un planteamiento completamente equivocado, en mi humilde opinión.
Mi respuesta a esos comentarios siempre es la misma:
Pues iremos igualmente y, cuando sea mayor, simplemente viajaremos a otro lugar.
El mundo es enorme. Nunca visitarás todos los países y regiones (como Dios manda). Es imposible.
Así que, si llevas tiempo soñando con un destino y por fin tienes el tiempo y el dinero para hacerlo realidad, no esperes, no lo pospongas, simplemente ve.
Ignora a quienes dicen que los niños no recordarán esas experiencias. Puede que no recuerden todos los detalles, pero harán del viaje algo natural en sus vidas. Crecerán viendo las fotos, escuchando las historias y, lo más importante, tú sí lo recordarás.
Y el año siguiente, si sigues teniendo tiempo y dinero, simplemente viaja a otro lugar. No te quedarás sin países que visitar con tus hijos.
Por supuesto, no todos los países son adecuados para viajar con niños: la República Centroafricana o Afganistán, por ejemplo. Pero la realidad es que no existe una edad perfecta para viajar, solo distintas maneras de experimentar el mundo.

Si alguna vez nos encuentras viajando, te reto a que le preguntes a James que te diga cuál es el país más pequeño del mundo (Nauru), cuál es el único país de habla neerlandesa de Sudamérica (Surinam) o incluso que localice mi país favorito, Yemen, en un mapa.
Puede que te sorprenda.
No, no creo que James sea más inteligente que otros niños, pero sí creo que viajar ha influido enormemente en él, despertando una curiosidad genuina por el mundo y unas ganas constantes de explorarlo.
Pasamos horas mirando mapas y leyendo libros infantiles sobre personajes que viajan por el mundo. Uno de sus favoritos trata sobre un pingüino que decide abandonar la Antártida sobre el lomo de un albatros, visitando Perú, Sudáfrica y Nueva Zelanda por el camino.
Hemos llegado al punto en que James ya propone países que visitar y regiones que explorar. Y siempre que viajamos, me aseguro de que sepa perfectamente adónde vamos y qué puede esperar de ese viaje.
Esta es otra de las razones por las que creo que los niños nunca son demasiado pequeños para viajar. Son como esponjas que absorben todo tipo de conocimientos y experiencias.
De hecho, incluso diría que cuanto antes empieces, mejor. Cuanto más tiempo esperes, menos interés tendrán por el mundo de sus padres.
Así que aprovecha mientras todavía eres su héroe.

Una consecuencia inevitable de viajar con niños es que, cuando empiezan a ser conscientes de los lugares que han visitado, el número de países termina apareciendo en la conversación. Y los niños, siendo niños, pueden obsesionarse fácilmente con ello.
He notado que James menciona la cifra con demasiada frecuencia y que incluso presume de ello delante de otras personas.
Por eso creo que es importante enseñarles lo que realmente significa viajar: experiencias con sentido, interacciones con la población local y curiosidad por descubrir el mundo, en lugar de estadísticas absurdas.
Y si algún día, cuando sean mayores, deciden convertirse en coleccionistas de países, allá ellos.
Pero también deberían ser conscientes de que los países visitados durante la infancia no cuentan.
No porque no los recuerden. Más bien al contrario. Esos viajes ayudaron a formar quienes son y despertaron su curiosidad por el mundo.
Pero viajar como adulto implica tomar tus propias decisiones, planificar tus propios itinerarios y experimentar los lugares a tu manera, algo completamente distinto.
Así que sé que algún día tendré que sentarme con James y decirle:
—Chaval, te toca empezar de cero

Esto puede suponer un reto.
Si quieres que viajar se convierta en una pasión para tu hijo, que disfrute y aprenda al mismo tiempo, necesitas encontrar actividades divertidas para él, pero también lo suficientemente locales como para que entienda que está en un lugar diferente, absorbiendo nuevas experiencias en el viaje.
En la práctica, eso significa menos parques infantiles y menos viajes al estilo Disney World.
Pondré como ejemplo nuestro reciente viaje a Serbia.
Viajamos a Serbia porque, aparte de San Marino, era el único país de Europa continental que aún no había visitado (muy egoísta por mi parte, lo sé).
Fuimos solo nosotros dos durante una semana y, al principio, me preguntaba si Serbia sería un destino interesante para un niño de cuatro años. Y la respuesta fue sí.
Pasamos dos noches en Belgrado simplemente paseando, comiendo helados y probando restaurantes locales con platos que nunca había visto antes. Nada de museos aburridos ni caminatas interminables.
Después pasamos tres noches en dos granjas distintas de la Serbia rural, donde podía dar de comer a los animales. Sé que eso se puede hacer en casi cualquier lugar del mundo, pero los propietarios solo hablaban serbio, todo tenía un ambiente muy rural y la comida que nos servían era completamente local, bastante folklórico.
Por último, pasamos dos noches en las montañas alojados en una cabaña tradicional de madera, desde donde cogimos el tren Šargan Eight.
Todo lo que hicimos era muy serbio y, al mismo tiempo, muy divertido para un niño de cuatro años.
Ahora, cuando vemos las fotos y hablamos de aquel viaje, James tiene una idea sencilla pero auténtica de cómo es Serbia. Recuerda la comida, las montañas, las granjas y la gente.
Si puedes organizar un viaje adaptado a niños en Serbia, puedes hacerlo prácticamente en cualquier lugar.

Existe una idea muy extendida según la cual viajar con niños hace que te pierdas cosas.
Yo opino que la idea de »perderse algo» depende completamente de las expectativas.
Si viajo a Tanzania con James, es lógico que no vaya a subir el Kilimanjaro ni a cruzar el país en matatu hasta Burundi. Pero no me estoy perdiendo nada, porque ya sé que ese no es el tipo de viaje que estamos haciendo. Y si realmente quiero subir el Kilimanjaro, siempre puedo volver en otra ocasión por mi cuenta.
Del mismo modo, cuando fuimos a Ecuador con James, ascender el Chimborazo nunca formó parte del plan. En su lugar, pasamos tres días en una granja local de una pequeña aldea cercana, donde la gente nos acogió con los brazos abiertos y nos hizo sentir parte de su comunidad, probablemente porque éramos una familia.
Si hubiera viajado solo, seguramente habría intentado subir el Chimborazo. Pero no me habría alojado en aquella granja ni habría pasado horas compartiendo tiempo con familias locales.
Si quiero hacer alguna locura, como recorrer Afganistán haciendo autostop para llegar al Minarete de Jam o pasar cuatro días viajando por tierra hasta las cataratas de Kaieteur en Guyana, lo haré solo o con un amigo.
Viajar con niños significa perderse cosas. Puede que veas menos lugares, sí, pero a cambio viajas más despacio, pasas más tiempo en cada sitio y a menudo tienes interacciones mucho más auténticas con la población local de las que tendrías viajando solo.
Viajar con un niño es simplemente una experiencia diferente, igual que viajar solo, con tu pareja o con un grupo de amigos.
Cada estilo de viaje tiene sus ventajas, sus limitaciones y sus momentos inolvidables.

Existe otro mito: que viajar con niños es difícil.
Sí, tiene sus cosillas, pero viajar en familia es mucho más fácil de lo que mucha gente imagina.
Lo realmente complicado es viajar solo con un niño. Es otra divisón.
La madre de James y yo nos separamos hace tiempo, pero tengo la suerte y el privilegio de poder seguir haciendo viajes de varias semanas con él porque siempre ha apoyado la idea de que James crezca viajando.
Aun así, cada vez que viajo solo con él recuerdo lo mucho más sencillo que resulta cuando sois dos.
Pondré un ejemplo muy simple.
Es tarde por la noche. Estás en la habitación del hotel. Fuera está nevando y hace un frío terrible. Tu hijo dice que tiene sed y te das cuenta de que olvidaste comprar agua embotellada y ya tiene el pijama puesto.
Cuando sois dos, uno de los padres baja mientras el otro se queda con el niño. Cuando estás solo, todo se complica.
Y eso es solo un pequeño ejemplo.
Ahora multiplícalo por cada comida, cada visita al baño, cada trayecto en tren, cada vez que tu hijo se pone enfermo y cada rabieta en mitad de la calle mientras vas cargando todas las mochilas.
Cuando viajo solo con James hay momentos duros, no lo voy a negar, pero los buenos momentos siempre compensan los malos.


Llevamos bastante tiempo organizando viajes en ATC Expeditions, acompañando a cientos de viajeros de distintas nacionalidades, edades y perfiles a algunos de los destinos más increíbles del mundo.
Y después de llevar a James en viajes por carretera a través de varios países, largos trayectos en autobús, aventuras en autocaravana e incluso regiones selváticas del Pacífico, puedo sinceramente firmar que algunos adultos son mucho más difíciles, dramáticos y exigentes que la mayoría de los niños.
Los niños se adaptan a casi todo, especialmente cuando son pequeños.
No se quejan por hoteles cutres y tampoco les importan las opciones limitadas de comida. Lo único que les importa es pasarlo bien contigo.
Recuerda además que, vayas donde vayas, siempre habrá niños. Siempre habrá pañales y siempre habrá comida para ellos.


Todo lo que he compartido en este artículo se basa en mi propia experiencia y en mi opinión sincera tras cinco años viajando con James.
Tener un hijo al que le encanta viajar no nos hace especiales ni, desde luego, mejores que nadie.
Simplemente creo que, como ocurre con cualquier pasión o afición, los niños pueden acabar aficionándose a aquello que a sus padres les gusta de verdad.
En nuestro caso, fue viajar.
Este artículo no pretende decirles a los padres cómo deben criar a sus hijos ni sugerir que todo el mundo deba viajar de la forma en que nosotros lo hacemos.
Pero si tú también sientes pasión por los viajes y, por la razón que sea, los has ido posponiendo porque crees que tener hijos significa el final de tus aventuras, espero que estas reflexiones te animen a hacerlo.
Si hay algo que he aprendido durante estos últimos cinco años, es que los niños no nos impiden viajar.
Desde Siria a Pakistán, Against the Compass está finalmente organizando expediciones a los destinos más epicos.
Tenemos expediciones programadas durante todo el año.
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