Colándome en un pueblo afgano en Pakistán

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Hacía ya tiempo que no me dedicaba a escribir alguna que otra aventura personal pero es que sinceramente, con el tiempo, me he dado cuenta de que, salvo a tu madre y algún que otro amigo cercano, a nadie le interesa saber sobre tu diario de viaje, a menos claro que uno cuente historias locas y diferentes como visitar un campo de refugiados en Iraq, que te acusen de ser un espía del Estado Islámico o hacer Airbnb en un campo de refugiados Palestino.

Por esta razón, durante los últimos meses, me he dedicado a escribir guías y artículos meramente informativos con el único y verdadero fin de proporcionaros algo útil y de valor añadido que os ayude en vuestros viajes por el Oriente Medio y Asia Central.

Sin embargo, para cambiar un poco de rutina, hoy quería contaros una historia que si bien no es de lo más loco que me haya sucedido, considero que la historia merece ser contada, y es que dicho relato incluye afganos, zonas prohibidas y hasta militares hostiles.

Todo empezó en una bonita tarde de primavera en el valle de Kalash, Pakistán.

Pueblo afgano

 

Colándome en un pueblo afgano en Pakistán

Localizado en el noroeste de Pakistán, en la provincia de Chitral, y bordeando Afganistán, los valles de Kalash es donde habitan una tribu étnica cuyas mujeres llevan coloridos vestidos y que no practican el islam, sino que adoran a otro dios y poseen ciertas creencias religiosas que, durante siglos, han sido calificadas de paganas. A diferencia del alto conservadurismo que yace en Pakistán, en los valles de Kalash se bebe alcohol y la mujer tiene un rol completamente diferente, representándose en una mayor independencia y libertad para escoger.

Los valles de Kalash están formado por diferentes pueblos y nosotros estábamos en una pequeña aldea llamada Rumbur, situada a unos 10-15km de la frontera con Afganistán. Eran las 5 de la tarde y después de un día entero de estar merodeando por el valle, nos dispusimos a regresar al guest house, juntamente con mi amigo italiano Giorgio.

Fue allí donde conocimos a Syed Imran Schah, uno de los guías más famosos de Pakistán, recomendado por la Lonely Planet, así como en un sinfín de foros, quien había acudido a Kalash con algunos clientes turistas.

Chica Kalash
Una bonita chica Kalash

 

Aprendiendo sobre los últimos habitantes de Nuristán

Cualquier cosa que quieras saber sobre Pakistán, pregúntale a Imran y él te responderá sabiamente.

Yo: Oye, he oído hablar de un pueblo afgano llamado Shiekhandeh. Sabes algo acerca?

Imran: Pues claro que lo conozco 😉 Qué pasa?

Yo: Nada, queríamos ir a visitarlo mañana

Imran: Mmmh… El pueblo está tocando la frontera con Afganistán y por seguridad, hay un control militar y policial a pocos kilómetros antes de la entrada a la aldea. Dudo que dejen pasar a extranjeros pero podéis intentarlo.

Shiekhandeh era una pequeña aldea a unos 7 kilómetros de Rumbur en donde, supuestamente, sus habitantes son originarios de Nuristán (una provincia de Afganistán) y que, por razones históricas, acabaron formando una pequeña comunidad en territorio pakistaní, aunque todavía conservan la cultura y lengua de Nuristán.

La provincia de Nuristán, que es la que hace frontera con esta región, está a día de hoy bajo control talibán y por esta razón, dispone de tantas medidas de seguridad. Aquella aldea era un lugar puramente insólito y nosotros no nos lo queríamos perder.

Yo: Imran, cuál es la verdadera historia detrás de los habitantes de Sheikhaneh?

Imran: Verás, en tiempos remotos, había dos tipos de Kalash: los Red y los Black. Los Black Kalash son los que ya conoces y habitan aquí en Rumbur y alrededores y que, como verás, miles de ellos siguen conservando su cultura y tradición. No obstante, en el siglo XIX, la mayoría de los Red Kalash fueron convertidos y expulsados de de lo que sería Nuristán. Fue así como terminaron en esta aldea, que después de la independencia de Pakistán, terminaron anexionándose al país. A diferencia de los Kalash que ves por aquí, los de Sheikhandeh apenas se han ido mezclando con otras etnias, por lo que su gran mayoría son rubios con los ojos azules, a parte de practicar un islam muy fundamentalista y conservador. 

Después de esta mini-lección de historia, todavía nos entraron más y más ganas, así que a la mañana siguiente, juntamente con Giorgio e Yh Neoh, un chaval de Malasia a quien conocimos en el hostal, nos pusimos rumbo a Sheikhandeh, que estaba a unas 4 horas de camino.

Lee: Cosas que deberías saber antes de viajar a Pakistán

Niño rubio afgano
Muchos de los niños de Sheikhandeh eran rubios

 

Rumbo a Sheikhandeh, el pueblo afgano de Pakistán

Efectivamente, a dos horas del pueblo, nos encontramos con el famoso control militar.

Militar: A dónde vais?

Nosotros: Nada, queríamos ir a tomar fotos por aquí.

Militar: Los extranjeros no pueden pasar.

Nosotros: Venga va, sólo queremos tomar algunas fotos.

Militar: Bueno, pero no os alejéis más de 500 metros y volved antes de media hora.

Nosotros: Claro, claro, ningún problema.

(SARCASMO)

Nos alejamos como 7 o 8 kilómetros, incluso más allá de Sheikhandeh y nos tardamos el día entero en regresar.

A un par de horas, después de pasar el control militar, llegábamos por fin Sheikhandeh. Tal y como era de suponer, era una aldea puramente rural cuyas casas estaban hechas de madera.

Sheikhandeh

Cuando vieron a un italiano, un malasio y un español merodeando por aquellos rincones, no tardamos ni un sólo minuto en ser el centro de atención de la aldea.

Efectivamente, tal y como nos había dicho Imran, los habitantes eran rubios en su gran mayoría y se notaba que era un lugar ultra-mega conservador, ya que las mujeres vestían el clásico burqa afgano y hasta las niñas pequeñas llevaban la cabeza cubierta con el único fin de acostumbrarlas desde pequeñas.

Niña afgana

Nadie hablaba inglés pero de pronto, apareció un chico rubio quien parecía entenderlo más o menos bien:

Afgano rubio: Bienvenidos a nuestra aldea. Qué hacéis por aquí?

Nosotros: Nada, veníamos a visitarla. Somos turistas.

Afgano rubio: Sin problema. Bienvenidos. Os enseñaré la aldea. 

El chico afgano, a quien lamentablemente no recuerdo su nombre, nos dijo que reciben la visita de turistas unas 2 o 3 veces al año y que nosotros fuimos los primeros del 2017. El chico hablaba más o menos inglés porque estudiaba en Chitral, la ciudad principal de la provincia. Junto con sus amigos, nos llevaron a dar una vuelta por el pueblecito, hasta que lo pasamos y nos adentramos de nuevo en el valle con dirección a Afganistán.

Afgano rubio: Veis aquella montaña de allí? Aquello ya es Afganistán.

La montaña del fondo ya es Afganistán

Nosotros: Podemos acercarnos un poco más?

Miré mi GPS y efectivamente, estábamos prácticamente a menos de 2 kilómetros de Afganistán. Sin embargo, ambos países estaban separados por una montaña relativamente alta, detrás de la cual había una frontera militarizada. Nos dedicamos a andar unos 500 metros pero por lo que se ve, si los militares viesen a locales acompañando a extranjeros en aquella dirección, podrían meterse en buenos problemas.

Afgano rubio: No podemos continuar, ya que hay soldados en lo alto de las colinas del valle.

Nosotros: Vosotros podéis cruzar la frontera?

Afgano rubio: Claro, constantemente. Tenemos a muchos amigos y familiares al otro lado, en lo que sería Nuristán. Nosotros podemos cruzarla sin problemas, aunque entre tener que subir y bajar la montaña se tarda unas 10 horas. En fin, queréis venir a mi casa a comer?

Blonde Afghans
Pues sí, este chaval es pakistaní de Sheikhandeh

 

Entre risas, chai, dulces y abrazos

Como era de esperar en Pakistán, no podía faltar el grano de hospitalidad, así que nos dispusimos a regresar al pueblo.

De camino, nos cruzamos con un grupo de mujeres quienes al vernos, reaccionaron salvajemente, yéndose corriendo a esconderse detrás de unas rocas. Fue muy exagerado, así como sobreactuado. Yo seguí mirando hacia atrás, esperando a ver cuánto rato se quedarían detrás de aquellas rocas, y es que no salieron hasta que no estuvimos bien lejos.

La protección a sus mujeres no terminaba aquí. Justo antes de entrar en el pueblo, quise hacer una foto cogiendo la perspectiva de todas las casas. A la que me dispuse a hacer click…

Afgano rubio: No, no! Hay mujeres!

Yo: Pero si están a 200 metros, van cubiertas y ni se distinguen casi.

Afgano rubio: Lo siento, no se pueden fotografiar mujeres.

Yo: Vale, vale.

Entramos en su casa, que tal y como era de esperar en esta parte de Pakistán, el salón para invitados está en la entrada de la casa. De esta manera, evitan que llegues a ver o interactuar con sus mujeres, hijas y hermanas.

Afgano rubio: Cuál es vuestro trabajo?

Giorgio trabajaba en la granja familiar de su padre en Italia. Dado a que la mayoría de los pakistaníes, con quienes nos relacionábamos, dedicaban su vida al campo, a Giorgio le encantaba decir que él era también granjero, con el fin de poder situarse a su mismo nivel y así poder mostrar humildad.

Giorgio: Yo soy granjero.

Hubo unos segundos de silencio en la sala.

Afgano rubio: Creo que tienes demasiadas tierras pues…

Todos: Hahahahahahaha

Obviamente, a parte de los altos terratenientes, no existía pakistaní granjero alguno que pudiese permitirse un buen teléfono, ropas caras y mucho menos, viajar al extranjero.

A continuación, empezamos a hablar sobre la edad qué teníamos. Nosotros rondábamos alrededor de los 30 y por su aspecto físico, pensábamos que los chicos afganos también. Sin embargo, su respuesta nos sorprendió:

Afgano rubio: Yo tengo entre 18 y 20.

No sabíamos que si lo que nos sorprendió más fue que no sabía su edad exacta o que tenía 18 años pero aparentaba más de 30. De hecho, no era la primera vez que había visto algo así en Pakistán. En las montañas, todo el mundo parece 10 años mayor. Había conocido a personas que pensaba que tenían más de 60 años pero apenas habían cumplido los 40.

El afgano tampoco sabía su fecha de nacimiento.

Decidí también preguntarle sobre la historia de la gente de su pueblo, un poco para contrastarla con lo que nos había contado Imran.

Afgano rubio: Nosotros somos descendientes directos de la gente de Arabia Saudita. Hace uno 50 o 100 años vinieron por estas tierras y dejaron su descendencia.

Yo: Pero si vosotros sois rubios con ojos azules y la gente de Arabia Saudita eran beduinos quienes apenas habían salido de sus casas.

Le conté la historia de Imran, que es la que está en los libros, y le dije que nosotros teníamos entendido que ellos eran originalmente gente de la tribu Kalash, quienes se convirtieron al islam posteriormente. Sin embargo, pude ver en su rostro que no le gustó mucho mi versión de la historia, así que no insistí más.

Afgano rubio: Los Kalash son una basura y nosotros venimos de la gente de Arabia Saudita.

Mucha gente de Pakistán considera a los saudíes casi seres superiores y creadores del islam, por lo que resulta fácil que se quieran creer esta parte de la historia. Con un tono irónico, les dije a Yh Neoh y Giorgio:

Yo: Cuál historia os creéis: la suya o la de Imran?

Giorgio: Bueno este tío no sabe el ni el día en que nació, cómo va a saber de historia?

 

Nos acordamos de que los militares podrían estar preocupados

Entre más tazas de chai, risas, fotos y abrazos, nos dispusimos a marchar. La verdad es que era bastante tarde y probablemente, los militares deberían estar preguntándose por nosotros.

Pero no hizo falta pensarlo.

Al salir de la casa, nos encontramos de repente con un militar y un policía quienes habían acudido a nuestra búsqueda. El policía era simpático pero el militar estaba particularmente cabreado.

Militar: Os habíamos dicho media hora, qué hacéis aquí?

Nos obligaron a marchar, acompañándonos obviamente hasta el control militar, en donde hablaríamos con el capitán.

Yo estaba feliz, así que de camino, me tomé una foto con ellos sin casi avisar:

Yo: Slefie, selfie!

Al policía pareció no importarle, aunque el militar me hizo borrarla directamente. Por suerte, el tío no sabe que cuando borras una foto en un iPhone, la foto se destina a una carpeta de »eliminados» que puedes fácilmente recuperar.

Antes de llegar de vuelta al control, dije:

Yo: Cuando lleguemos y nos venga el capitán a echar bronca, nos hacemos los turistas y dejamos hablar a Giorgio con su acento italiano.

Así que al llegar, cuando nos vino el capitán a regañarnos por no haberle hecho caso, saltó Giorgio.

Giorgio (en acento muy italiano): Oh sorrrrry, sorrry, we didn’t knooow, we didn’t underrrstand, sooorrrrry, sorrrry. 

La verdad es que antes tal reacción, lo único que el capitán dijo fue:

Capitán: Está bien, pero sois los últimos extranjeros que jamás cruzan esta línea.

Nos hizo esperar allí, unos 15 minutos, hasta que llegó un coche militar y, más que contentos, pero sobretodo satisfechos, nos llevaron de vuelta a casa.

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Pueblo afgano

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2 comments

  1. Hola, yo estuve en esa aldea nuristaní en 2007, lastima que luego de ustedes ya nadie podra entrar. Viendo las fotos, no ha cambiado prácticamente nada. Yo fui solo caminando ida y vuelta, y si me dijeron que no fotografiara la aldea si habia muejres, pero las niñas si pudo fotografiarlas. Me encanta tu blog, Pakistan es un pais increible!!

    1. wow, de hecho el otro día vi una foto de los 90 de la misma zona y también parecía que no había cambiado absolutamente nada. Me alegro que también lo hayas visitado. Espero que otra gente lo pueda también disfrutar pronto. Un abrazo!

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